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A PROPÓSITO DE LOS DENTISTAS…
Hace unas semanas apareció en las noticias de Tele5 un reportaje en el que se requirió mi colaboración, como presidente de la Asociación Profesional de Dentistas (APDENT), cuyo objetivo era el de demostrar que algunos odontólogos podían incurrir en graves faltas de ética profesional al “inflar”, de forma deliberada, el número de caries que presupuestaban a sus pacientes y al incluir, en dichos presupuestos, tratamientos que no eran realmente necesarios.
A pesar de ser esto cierto debo manifestar, en primer lugar, mi convencimiento absoluto de que la inmensa mayoría de los profesionales de la odontología realizan su trabajo de manera impecable, siendo su profesionalidad y honradez incuestionables. Nuestro trabajo se basa en la confianza y fidelidad que nos depositan los pacientes, a los que debemos corresponder con una buena praxis, basada en la experiencia, la formación continua y la mejor tecnología y medios a nuestro alcance. Todo lo cual conformará los pilares y cimientos del sólido edificio que sostiene la relación paciente-dentista.
Dicho esto, también somos consientes de que algunas de las prácticas odontológicas y de las relaciones tradicionales, de los dentistas con sus pacientes, están cambiando en los tiempos actuales, debido, en gran parte, a la plétora actual de dentistas, cuyo número se ha duplicado en los últimos diez años, lo que ha supuesto un incremento enorme de la competencia y la entrada en este sector de empresarios ajenos por completo al mundo de la sanidad y de la odontología.
Hasta mediados de los ochenta el estomatólogo (médico especialista en salud buco dental), era un profesional privilegiado en cuyo gremio no existía apenas competencia, debido a que la ratio de un dentista por más de 10.000 habitantes, garantizaba un trabajo estable y seguro. Con motivo de la entrada de España en la CEE se restableció la licenciatura de Odontología para unificar criterios con Europa, lo que produjo un “efecto llamada” de odontólogos foráneos hacia nuestro país, en su mayoría provenientes de países latino-americanos, gracias a los tratados bilaterales vigentes. Este hecho, sumado al aumento del número de Facultades públicas de Odontología, a las que se sumaron las privadas a mediados de los 90, ha concluido en el actual superávit de dentistas, debido a una mala planificación por parte de la administración.
Ello ha originado la gran competencia actual y ha abierto el camino para que el mundo empresarial enfocara sus objetivos hacia esta profesión. Esta abundante mano de obra cualificada y, en numerosas ocasiones, muy barata, ha originado nuevas formas de ejercer la profesión y ha comercializado, con novedosos enfoques, la tradicional relación entre dentista y paciente.
Han aparecido las franquicias dentales, que son empresas dirigidas por inversionistas ajenos al sector, en muchos casos, y cuyo principal objetivo es conseguir un máximo de rentabilidad económica. El porcentaje que destinan a publicidad y marketing es elevado, pero no lo es tanto el consignado a la compra de buenos materiales, ni a la retribución digna de los dentistas que trabajan para ellas. Éstos se ven obligados a realizar un excesivo número de horas de trabajo, empleando el mínimo de tiempo con cada paciente, para conseguir que su porcentaje le proporcione una rentabilidad aceptable. Todo ello ocasiona un deterioro en la calidad asistencial que, en último término, va a perjudicar a los pacientes que depositan su confianza en este tipo de clínicas, atraídos por una publicidad agresiva y, en ocasiones, engañosa.
He podido comprobar, a través de algunos presupuestos que me han llegado a través de pacientes provenientes de este tipo de clínicas, en busca de una segunda opinión, cómo, en algunas ocasiones, no se duda en la extracción de una pieza dental sana, para colocar, en su lugar, un puente de tres piezas, para lo cual deben ser tallados (reducir drásticamente su tamaño) los dos dientes colaterales, o cómo se presupuesta una endodoncia con perno y funda, en un premolar que no presenta ninguna sintomatología, solo por el hecho de estar empastado.
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¿Cómo se pueden justificar estas prácticas en un paciente que acude a depositar su confianza en el profesional que le atiende? ¿Es posible llegar a ocasionar un daño irreparable con el único fin de conseguir la máxima rentabilidad económica?
Esto es algo que no puede tener justificación alguna, ni por parte del profesional, por muy presionado que se sienta, incluso si peligra su puesto de trabajo, ni por una empresa que no puede anteponer de ninguna manera sus intereses económicos y comerciales a la buena praxis y a la salud de las personas que depositan en ellos su confianza.
A pesar de que hoy en día los odontólogos no necesitan cursar la carrera de medicina, pienso que los principios morales y éticos deben ser exactamente los mismos para cualquier profesional de la sanidad.
Para todos ellos debe seguir vigente el viejo juramento hipocrático que simboliza, de alguna manera, que nuestro compromiso y nuestro fin primordial es el de buscar la salud y bienestar de nuestros pacientes, por encima de cualquier otra consideración económica. No podemos ni debemos olvidar nuestra condición de médicos o profesionales de la salud y que, estamos obligados, tanto a servir como aliviar los males de aquellos que confían en nosotros.
Esto ha sido así a lo largo de toda la historia de la humanidad, en la que siempre se ha visto al médico como a la persona en cuyas manos depositamos lo más valioso que tenemos, nuestras vidas y las de las personas queridas. Como reza esta bellísima cita de Paracelso, quizás un poco almibarada y romántica, para el gusto actual:
“El grado supremo de la medicina es el amor. El amor es lo que guía el arte y fuera de él nadie puede ser llamado médico. Hablar y decir buenas palabras es oficio de la boca. Ayudar y ser útil es oficio del corazón. El medico procede e Dios. Crece en el corazón y se perfecciona con la luz natural de la experiencia. En ningún sitio es el amor más grande que en el corazón de un médico”.
Es nuestro deber, por tanto, denunciar estas prácticas cualesquiera que sea su origen y poner en conocimiento que algunas de esas franquicias patrocinan programas de televisión y radio con los beneficios obtenidos de actuaciones como las mencionadas y a costa de explotar laboralmente a odontólogos, que desgraciadamente no tienen ninguna otra alternativa de trabajo.
La Asociación Profesional de Dentistas, de reciente aparición, tiene como principal objetivo la defensa de los intereses laborales de sus asociados, labor para la que no son competentes los Colegios profesionales.
Nuestra meta es conseguir que todos los compañeros que trabajan para terceros, ya sea en franquicias o en las macro clínicas de las grandes compañías aseguradoras, lo hagan en condiciones dignas, estén justamente retribuidos y no trabajen un excesivo número de horas. También debemos darles la seguridad de que no van a ser despedidos por negarse a realizar prácticas que no se enmarquen estrictamente dentro de la legalidad y la ética profesional. Todo ello, sin duda, contribuirá a una mejoría en la praxis y en la calidad asistencial, de la que saldrán beneficiados los pacientes que acudan a ponerse en sus manos.
Queremos trabajo para todos y para ello son imprescindibles las franquicias, pero un trabajo digno, seguro, estable que devuelva la tranquilidad y confianza de nuestros pacientes hacia unos profesionales que deben anteponer la salud a cualquier otra consideración, como lo han hecho siempre. Para conseguirlo basta con destinar una mayor parte de los beneficios obtenidos por estas empresas a la mejora de las condiciones laborales de sus dentistas y de los materiales que emplean en sus tratamientos, restándolos de los destinados a publicidad y marketing.
La mejor publicidad que podemos hacer en esta profesión es realizar un buen trabajo, evitar y prevenir sufrimientos inútiles y tener satisfechos a nuestros pacientes.
Carlos García Álvarez
Médico Odontólogo
Presidente de la Asociación Profesional de Dentistas
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